domingo, 4 de octubre de 2015

FORJARSE PARA LEVANTAR EL ÁNIMO

De la elevación de nuestro ánimo
más que de lo favorable o adverso
de la suerte, dependerá que nuestra
vida sea fructuosa o estéril...


                         

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          El temple de tu ánimo tienes que forjártelo tú mismo. No es algo que se nos coloque en la cuna como un regio presente de hadas. Tienes que ir haciéndotelo, día tras día, pieza por pieza, como una armadura brillante y sólida. De ti solo depende que tu carácter sea flojo o recio, estéril o fecundo, fuente próvida de dichas y gozos o turbio manantial de aflicciones y congojas; de ti y de las ambiciones que alimentes, de los pensamientos que albergues, de los ideales que te propongas, de las emociones que te dominen.
          Graba en tu memoria el consejo de Epicteto: "Recuerda que en toda fiesta hay dos cavidades a quienes agasajar: el alma y el cuerpo; y que perderás cuanto des al cuerpo, mas conservarás por siempre lo que des al alma.
          La vida de Epicteto es uno de los blasones de la estirpe humana. Fue esclavo, adoleció de una fea cojera; vivió en estrechez y miseria extremas y, sin embargo, proclamó, en medio de sus vicisitudes y sufrimientos, el señorío inmortal del alma sobre el cuerpo, conquistó para su espíritu una grandeza y una perfección rara vez igualadas, y dio al mundo, como una lluvia de granos de oro purísimo, preciosas máximas que han servido para sostener, alentar y consolar a millones de hombres y mujeres que, en una larga cadena de siglos, han emprendido la ascensión difícil hacia las cumbres más altas que es doble alcanzar al espíritu purificado de la terrenal escoria.
          El que se proponga firmemente educar y fortalecer su carácter, templándolo para una vida elevada, no dará cabida en su mente a ideas ociosas, ni alimentará, con enfermiza morbosidad, resentimientos, animosidades y desengaños. Cultivará deliberadamente sólo aquellas emociones que lo emancipen del yugo del desaliento. Deseoso de inspirarle a su espíritu valor, energía, aplomo e ideales heroicos, tendrá siempre al alcance de su mano algún libro cuya lectura estimule, ennoblezca e impulse a las acciones grandes, y se propondrá vivir su vida cotidiana en comunión íntima con los esclarecidos mentores que, como Epicteto, se sobrepusiera, por la luz  de su entendimiento y la fortaleza de su espíritu animoso, a desgracias e imperfecciones que amenazaban con arruinar trágicamente sus vidas, y cifrará todo su empeño y todas las energías de su ser, en desarrollar sin tregua la infinita capacidad de bien y de perfección que hay en su alma.   


                                                                                                                  Wilfred Roades.

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